jueves, 1 de agosto de 2013

Tanque lleno, pies preparados... ¡Nos vamos a los pueblos negros!

Teníamos ganas de hacer una escapadita de fin de semana, cerca de Madrid (para no pegarnos la paliza de conducir) y empezamos a ver cosas sobre los pueblos de la arquitectura negra de Guadalajara. Pensamos que era un buen destino para un par de días, lo justo para desconectar, y vaya si lo fue. Ha superado nuestras expectativas, así que os lo contamos por si os puede venir bien un poco de información o simplemente para disfrutar de las fotos de Ma y de mi prosa.


Para hacernos una idea de cuáles son los pueblos negros de Guadalajara basta con echar un vistazo a estas webs [pueblosarquitecturanegra.es] [viajandoporlospueblosnegros.com] y nos quedarán claros los pueblos con sus pedanías.
El nombre de "Arquitectura Negra" viene dado por el hecho de que las casas están construidas con pizarra. Se dice que los pueblos al otro lado del Ocejón son dorados, porque la pizarra en el lado oriental de la sierra tiene más criptonita cuarcitas y calizas lo que le da a las construcciones un tono dorado, perfectamente distinguible de las negras de la vertiente occidental del Ocejón.
Recomendamos visitar los dos valles, ya que cada uno tiene su encanto.

Salimos de Madrid un Viernes a las 19:00 y a las 21:00 estabamos ya en el alojamiento en Campillejo donde estableceríamos nuestra base de operaciones. El trayecto de Madrid a Campillejo no llega a 2 horas.

Llegamos a la casa, Los 12 Robles. Una típica y acogedora casa de pizarra donde nos recibió un mastín enorme y bonachón y nos esperaba Ester, la amable dueña, que vive en la misma casa con su familia. Soltamos las cosas en la habitación (muy moderna, con un baño enorme y adaptada para minusvalidos). Estuvimos hablando con la dueña, que nos sugirió excursiones, sitios para comer, nos contó curiosidades de la zona y nos fuimos a llenar el saque a Campillo de Ranas (en Campillejo solo hay un bar que estaba justo cerrado por baja, o reformas, o algo así).
Campillo de Ranas

Haciendo caso a Ester fuimos de cervecitas la noche de nuestra llegada a un minúsculo bar llamado Taberna la Garduña, no había mucho donde elegir (de hecho sólo dos sitios), pero le habríamos dado al sitio una estrella Michelín. Sentados en un poyete de pizarra con nuestras cervezas, unas croquetas caseras, unos boquerones en vinagre, y viendo como se iba el sol para dar paso a las estrellas, rodeados de gente maja. Momentos de felicidad patrocinados por Mahou.

Los bares (los dos) empezaron a echar el cierre a las 23:30 aprox y éramos los únicos insensatos por la calle a esas horas (que allí deben ser altas), así que con una nocturnidad tremenda nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos esperaba un desayuno estupendo y Paco (el hombre de la casa) para explicarnos todo lo necesario para aprovechar bien el día. Hicimos buen caso de las recomendaciones, todo lo que la climatología nos permitió. Fuimos al Hayedo de Tejera Negra, que es un paraje precioso para andurrear y también merece la pena por el camino hasta llegar allí (valles, vacas, ríos, puentes de piedra...). Seguramente gane mucho en Otoño, con todas las hayas de color dorado, pero la verdad es que lo vimos muy tranquilos (apenas nos cruzamos un par de grupos en el camino), cosa que seguramente sea imposible en Otoño.
Hayedo de Tejera Negra
Cuando estábamos en el punto más abierto y alto de nuestra ruta empezó a llover. Lo que puede parecer un fastidio acabó otorgándole encanto a la ruta. Entre hayas oyendo la tormenta y viendo el cielo negro como las casas del lugar. Vale, suena peligroso, pero bonito es.
Después del desgaste físico un platazo combinado en Cantalojas, en el bar La Plaza junto al ayuntamiento. El típico sitio cutrecillo donde se come de vicio. Y rumbo a Valverde de los Arroyos con parada y café en La Huerce, un pueblo pequeño pero en un sitio privilegiado, en la ladera de una montaña con unas vistas increíbles y mini parada en Zarzuela de Galve.
Cantalojas
Valverde de los Arroyos está situado en la parte "dorada" y se anuncia como "Uno de los pueblos más bonitos de España", nunca vimos un eslogan más cierto. Es todo de piedra, muy cuidado, lleno de flores y cerezos. Merece la pena la visita, y tambien el paseíto de media hora hasta las "Chorreras de Despeñalagua", unos saltos de agua de unos 120 m de altura, poco caudalosos en esta época del año pero dignos de ver.
Valverde de los Arroyos, muy fotogénico
Cerezos vencidos por el peso de las cerezas

Una de las casas de Valverde de los Arroyos cubierta de vegetación
Después de comprarle a una señora un kilo de cerezas en la cocina de su propia casa y pasear por el pueblo pusimos rumbo a la Vereda.

La Vereda es un pueblo de difícil acceso (todavía me dan escalofríos al recordar la pista forestal que lleva allí). Aunque una cosa he de decir, una vez llegas te olvidas del camino que acabas de sufrir, e incluso de que tienes que sufrirlo otra vez para salir, y de noche (ouch!).
De este pueblo dicen que es la esencia de los pueblos negros. Y tiene una historia muy interesante.
En los años 70 el ICONA (Instituto de Conservación de la Naturaleza) expropió los pueblos alrededor del pantano del Vado con el objetivo de reforestar la zona. Lo que propició el abandono de los vecinos y el derribe de parte de las casas, hasta que un grupo de arquitectos de Guadalajara y Madrid hizo presión y consiguió parar los derribos. Este mismo grupo creo la Asociación Cultural La Vereda, al que fue cedido el arrendamiento del pueblo y son quienes hoy en día se encargan de rehabilitarlo y reconstruirlo.
La presa del pantano del Vado
Apenas ocho personas vimos en el pueblo en vuestra visita, todos ellos trabajando y poniendo piedras en pequeñas casas torcidas. No hay electricidad, ni abastecimiento de agua. Lo que sí tienen es uno de los atardeceres más bonitos que hayamos visto.

Precioso atardecer en la Vereda

Como sabíamos que no íbamos a encontrar nada de cenar en Campillejo (salvo un fuet y una cuña de queso sudados en nuestra mochila) nos fuimos directos a Campillo de ranas (la urbe) y repetimos raciones en la Garduña.
Sapito en Roblelacasa
El Domingo lo íbamos a dedicar inicialmente a visitar la Ciudad encantada de Tamajón y las Cascadas del Aljibe y darnos un baño en las pozas (ilusos nosotros). La lluvia no nos dejó, así que lo dejamos apuntado para otra visita y nos fuimos a "pueblear".
Roblelacasa. Justo en esta calle vive una señora que se asoma y pregunta "¿Has desayunao?"
Visitamos Roblelacasa, de ahí llegamos a Cabida por una carretera de montaña que cruza el río Jaramillo y si la miras en un mapa parece el trazo del polígrafo de Rajoy.


Cabida no tiene especial interés, pero hay un señor mayor que no te deja irte preguntándote "¿Cuanta agua lleva el rio? ¿Hay barrancos? ¿De dónde venís? ¿A dónde vais? ¿Está bien la carretera?". Creo que éramos la única fuente de información del exterior, así que contestamos sus preguntas sin saber muy bien lo que nos decía y nos fuimos (se nota que doy por hecho que no leerá esto, ¿verdad?).

Pusimos rumbo a El Cardoso de la Sierra, haciendo un alto en Colmenar de la Sierra. Un pueblo que justo celebraba sus fiestas ese día y se notaba en el ambiente (en el ir y venir de gente a la iglesia, las grandes ollas en la calle para preparar un banquete público...). Lo que más nos gustó de este pueblo es que tienen las cuentas muy claras en la iglesia. Un folio pegado en un tablón con todos los ingresos (bodas, recolectas, cepillo...) y los gastos (luz, agua, reformas...) Ya podrían aprender otros.

En el Cardoso de la Sierra, Coca-Cola y paseo. Ya decidimos que era momento de poner fin a nuestro fin de semana "negro" (oooooohhhh...) y con el tiempo bastante chungo nos volvimos a Madrid, parando una vez más en Manzanares el Real para comer y estirar piernas viendo el castillo.

En fin, muy recomendable la escapada. Sitios preciosos y gente amable. Comida de la que alimenta el alma (que diría nuestra amiga Maloles muy acertadamente).

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